AUDIOTECA EN LÍNEA

miércoles, 24 de septiembre de 2025

24 DE SEPTIEMBRE: 'DÍA DEL COLECTIVERO'

 

El 24 de septiembre de 1928 en la ciudad de Buenos Aires se vivió un momento histórico: el primer viaje de este transporte público tradicional, que dio origen a la conmemoración del Día del Colectivero en el territorio argentino.
El recorrido partió desde Primera Junta, pasó por Plaza Flores y finalizó en la intersección de Rivadavia y Lacarra. Los primeros vehículos eran autos modificados que podían trasladar hasta 5 pasajeros y, con el tiempo transformaron tanto su carrocería como su capacidad física.
Los registros de aquella época señalan que el primer boleto tenía un valor módico de 20 centavos de peso. La accesibilidad como vía de transporte cotidiano fue la clave de su éxito y, actualmente es parte de la cotidianidad laboral de los trabajadores en la Argentina.
Durante la década de 1920, el país se encontraba afectado por la crisis económica mundial, producto de la Gran Depresión. La clase trabajadora enfrentaba muchas dificultades para poder subsistir, debido a las tarifas y aumentos de precio. Es así, que los taxistas crearon un nuevo servicio, que ofrecía compartir viajes con otros pasajeros para ahorrar dinero.
En 1931, se diseñó la primera versión de vehículos orientados a este servicio, con un tamaño mayor y una capacidad total de 10 pasajeros, que luego ascendió a un total de 40.
Durante estos primeros años, la línea N° 26 fue una de las más populares, gracias a su recorrido desde Parque Chacabuco hasta el Correo Central. No solo ampliaban la capacidad de personas, sino que también pintaban los vehículos de colores identificatorios y hasta les ponían carteles con los destinos que recorrían.
Esa novedosa manera de trasladarse significó un punto de inflexión en la época. Recién 1932, la Municipalidad porteña habilitó varias líneas colectivos y distintos recorridos, estableció las medidas que tenían que tener los vehículos (5,30 metros de largo, 2 metros de ancho y 2,50 metros de alto) e impuso una capacidad máxima de diez asientos.
A través de la Ley 1.475 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el gremio de los taxistas estableció el Día del Colectivero en el año 2004, iniciativa que busca destacar a quienes pertenecen a esta actividad detrás del volante y la historia de este medio de transporte. La normativa expresa textualmente :
“ Institúyase el 24 de septiembre de cada año como ‘el Día del Colectivero’ en conmemoración de la fecha en que inició su recorrido la primera línea de colectivos de Buenos Aires. ”
La fecha rinde homenaje a todas las personas que trabajan en este medio de transporte público, que resulta esencial para el funcionamiento de la sociedad.
En 1973 Luis Alberto Spinetta dejaba Pescado Rabioso para emprender su viaje con Invisible con Machi Rufino en bajo y Pomo Lorenzo en batería, que en su última etapa se transformaría en cuarteto con el ingreso del guitarrista Tomás Gubitsch.
Invisible dejó tres discos monumentales: “Invisible” (1974), “Durazno sangrando” (1975) y “El jardín de los presentes” (1976), hoy nos enfocaremos en este último álbum y en la canción que lo abre: ‘El anillo del Capitán Beto’.
Spinetta ya había abordado esta temática con Almendra cuando grabaron ‘Gabinetes espaciales’, en este caso habla de un astronauta criollo con su nave de fibra hecha en Haedo. La canción encontró rápida identificación con los oyentes por contener elementos barriales y muy queribles (la vieja, el café, el tango, el mate, los malvones, la radio).
En ‘El Expreso imaginario’ de ese 1976 el Flaco explicó: “Para mí ‘El anillo del Capitán Beto’ es una historia con una gran carga folklórica, pero ojo, folklórico en lo que se refiere a vivir en una ciudad como Buenos Aires. Y creo que pocas cosas son tan características de esta ciudad como los colectivos: la forma de decorarlos, su estructura, hacen que sea un automóvil muy especial. Detalles de construcción como la puerta hidráulica y todos esos fatos son genialidades argentinas”.
En ‘Martropía, conversaciones con Spinetta’ (2006), su autor, Juan Carlos Diez le dedica a ‘El anillo del capitán Beto’ un espacio titulado El errante. Diez cuenta que en el estudio que Spinetta tenía en la calle Iberá, llamado Cintacalma, el Flaco le reveló una historia increíble.
Le contó que el Capitán se llamaba Heriberto Aguirre y que estuvo mucho tiempo remodelando el colectivo para su travesía porque tenía miedo que lo descubrieran, que no utilizó tecnología moderna para su construcción, se valió de una tecnología incaica de unos tres mil años atrás, que se encerró en un galpón de Haedo y no dejó entrar a ningún diseñador, ni a Oreste Berta que iba todos los días.
“Dejó de ser colectivero una noche en que la policía intentó usar su vehículo para llevar pibes detenidos a la salida de un concierto de Spinetta - contó el Flaco - A Beto no le importaba un pito que el concierto fuera de Spinetta o de Agustín Magaldi.
No le parecía bien que le usaran el colectivo para trasladar detenidos, y menos si eran jóvenes”. Cuando Beto partió tenía sesenta años, estuvo errando quince años en el espacio a bordo se su nave, acompañado de sus malvones, su banderín de River Plate y la estampita de San Cayetano, luego comenzó a extrañar.
El propio Flaco concluye su historia: “Empezó a extrañar aquellas cosas que abominaba, los castigos de la ciudad. Estaba cansado de la Argentina, pero se dio cuenta que no podía transformar nada en la soledad del espacio. Querer modificar todas esas cosas le resultó una tarea imposible estando solo. Empezó a sentirse triste y melancólico”.
‘El anillo del capitán Beto’ es una de esas canciones entrañables que ha acompañado a mucha gente toda su vida, quizás tiene que ver con la imagen del colectivero errando por el espacio, extrañando a su vieja, el café, esperando que alguien silbe un tango. Juan Alberto Badía, simpatizante de River, la adoraba, y se encargó de difundir el mito que el Beto de la canción era Norberto Beto Alonso, gran número diez del equipo de Nuñez.
El propio Spinetta, también hincha de River, se encargó de desmentir la noticia en una entrevista: “Una vez estuve con el Beto y le dije que no la había compuesto pensando en él - declaró - ¿Cómo le iba a mentir? No se puede gambetear a un 10 majestuoso como él”.
El Capitán Beto, como su canción, se convirtió en un mito. Dos años después de su aparición la revista El Expreso Imaginario publicó una historieta sobre su figura, autoría de Rolando Ariel Rojo. Gustavo Cabral, más conocido como Ciruelo, exquisito ilustrador que se especializa en dibujar seres mitológicos y fantásticos, dibujó un retrato de Spinetta que le llamó ‘Capitán Beto’, que el Flaco conservaba amorosamente en su casa.
Después de la muerte de Luis Alberto Spinetta, Silvio Rodríguez publicó en su blog Segundacita, la letra de ‘El anillo del capitán Beto’ y escribió: “Conocí, de oídas, a Luis Alberto Spinetta cuando en Madrid, a fines de los 70, el adolescente Alejo Stivell me hacía un entusiasta recorrido por el rock argentino. De todo lo que oí, que fue variado y bueno, me llamaron mucho la atención las canciones de Spinetta, especialmente ‘El anillo del capitán Beto’.
Siempre imaginé que de cierta forma él mismo era aquel capitán que, después de ser colectivero, vagaba por el espacio, como cierto vagabundo que yo conocía. Pues sí que lo era y que lo sigue siendo". Por ahí andará el capitán Beto, como el mayor Tom de David Bowie, errando por el espacio con su canción y anillo como escudo. Mientras tanto, aquí en la Tierra, la canción continúa sonando, hermosa y porfiada, para las nuevas generaciones ..
Ahí va el capitán Beto,
por el espacio...
con su nave de fibra,
hecha en "Haedo"
ayer colectivero,
hoy amo entre los amos,
del aire...
Ya lleva quince años,
en su periplo...
su equipo es tan precario,
como su destino...
sin embargo un anillo extraño,
ahuyenta sus peligros,
en el cosmos...
Ahí va el capitán Beto,
por el espacio...
la foto de "Carlitos"
sobre el comando...
y un banderín de "River Plate"
y la triste estampita,
de un santo...
¿Dónde está, el lugar,
al que todos llaman cielo?
si nadie viene hasta aquí,
a cebarme unos amargos,
como en mi viejo umbral...
¿Por qué habré venido hasta aquí?
si no puedo más de soledad...
ya no puedo más de soledad...
Su anillo lo inmuniza,
de los peligros...
pero no lo protege,
de la tristeza...
surcando la galaxia del hombre,
ahí va el capitán Beto,
el errante...
¿Dónde habrá,
una ciudad,
en la que alguien silbe un tango?
¿Dónde están?
¿Dónde están,
los camiones de basura,
mi vieja y el café?
Si esto sigue así como así...
ni una triste sombra quedará...
ni una triste sombra quedará...
Ahí va el capitán Beto,
por el espacio...
regando los malvones de su cabina...
sin brújula y sin radio,
jamás podrá volver a la tierra...
Tardaron muchos años,
hasta encontrarlo...
el anillo de Beto llevaba inscripto,
un signo del alma...

lunes, 15 de septiembre de 2025

15 De Septiembre: 'Día Internacional De La Democracia'

 


< “Democracia” es una palabra compuesta por dos voces griegas: demos, “pueblo” y kratos, “poder” (como vimos, poder tardío y “construido”). Etimológicamente hablando, la democracia es el poder del pueblo. Pero los griegos, que también inventaron el teatro, la filosofía y la historia (la historia secular, libre de la acción divina; si incluimos a Dios en ella, el invento de la historia correspondió, en Occidente, al pueblo judío), no se encontraron de golpe con la democracia. La fueron elaborando trabajosamente, a lo largo de un siglo y medio.

Entre los años 620 y 593 antes de Cristo Atenas, la principal de las ciudades griegas, recibió de Dracón y de Solón sus primeras leyes fundamentales. Fue así como se inició la evolución que culminaría en la democracia. Es que, gracias a las leyes de Dracón y de Solón, se instaló la distinción entre las leyes de la Naturaleza, poblada de dioses, y las leyes puramente “humanas” de la ciudad. Sin esta distinción, no habría sido posible la democracia.

Hasta ese momento los griegos vivían igual que el resto de los pueblos primitivos, acosados por las fuerzas imprevisibles de la Naturaleza (physis) y por la presión bélica de otros pueblos, defendiéndose como podían de aquélla y de éstos gracias al mando despótico de un poti o líder guerrero. El poder que por entonces los gobernaba les venía de afuera, de la poderosa physis a la que hasta el advenimiento de los primeros filósofos “presocráticos” en el siglo VII antes de Cristo suponían habitada por los dioses, o de arriba, de los jefes o reyes, el primero de los cuales habría sido el mítico Teseo, quien supuestamente vivió hacia el año 1.000 antes de Cristo.

A partir de Dracón y de Solón, los atenienses empezaron a ser gobernados por un nuevo tipo de poder abstracto, impersonal, al que llamaron nomos o “norma” (palabra equivalente a la lex o “ley” de los romanos: por comodidad usaremos nomos y lex, “norma” y “ley”, cual si fueran sinónimos) que no provenía de afuera ni de arriba sino de adentro, del seno de la polis o ciudad−Estado que habían constituido. Su ideal fue desde entonces la eunomía, o “buena (eu) ley”: el recto ordenamiento de la ciudad.

El jefe, simplemente, mandaba. Dracón y Solón, al igual que el legendario Licurgo en Esparta y otros como ellos en ciudades griegas menos conocidas, legislaron: dejaron leyes que los sobrevivirían, obligando a sus sucesores a comportarse de acuerdo con ellas. Cuando alguien ascendía a una posición de mando, ya no podría gobernar a su arbitrio sino en el marco de la ley. Desde entonces, a la polis ya no la separó del mundo circundante sólo una muralla de piedra, sino también la muralla invisible de sus leyes.

La obediencia de los griegos a las leyes de la polis asombró a pueblos primitivos como los persas, que sólo obedecían al mando de un déspota. Herodoto, el cronista de las Guerras Médicas entre los persas y los griegos y el inventor de la historia “secular”, narra en un pasaje frecuentemente citado que Jerjes, el rey persa cuyo sueño era apoderarse de Grecia, se burló un día de los frágiles griegos que se atrevían a desafiar su formidable ejército. Pero Demaratus, un ex rey de Esparta que se había refugiado en su corte, le sugirió no subestimar a los griegos porque ellos, “si bien se consideran libres, no lo son del todo. En efecto: reconocen por encima de ellos un amo al que temen más aún que tus siervos a tí. Ese amo es la ley. Entre otras cosas, ella los obliga a no huir frente al enemigo y a permanecer obstinadamente en el campo de batalla hasta la muerte o la victoria”. Por no hacerle caso a Demaratus, Jerjes resultó el gran derrotado de las Guerras Médicas.

En tanto los persas pelearon en las Guerras Médicas como súbditos de un rey al que temían más aún que al enemigo que tenían enfrente, los griegos pelearon como hombres libres, orgullosos de sus leyes. Para ellos no había un honor más grande que ofrecer la vida por su ciudad. Así se entiende por qué Esquilo, el inventor de la tragedia y el poeta más laureado de su tiempo, no escogió por epitafio un texto destinado a recordar su impar gloria literaria sino otro que reza así: “Aquí Esquilo, hijo de Euforion, criado en Atenas, descansa en los campos de Gela, muerto. La batalla de Maratón mostró su coraje: los medos (persas) de largas cabelleras, tienen razones para recordarlo”. A la hora de resumir su vida, Esquilo valoraba el honor del ciudadano más que los laureles del poeta. >


- MARIANO GRONDONA -

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jueves, 4 de septiembre de 2025

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